VIERNES PARA LOS QUE YA DESPERTARON

En esta colaboración para Revista Íkaro, el escritor Mauricio Saravia disecciona la rutina de un viernes de octubre. Entre la lentitud del despertar, el tránsito urbano y la química que amortigua el cotidiano, su prosa contempla las grietas del entorno para recordarnos la extraña y simple persistencia de estar vivos.

LETRAS

Mauricio Saravia

11/2/20263 min read

Se abren los ojos. Pesan. Los párpados parecen haberse pegado durante la noche y los dedos tienen que intervenir para retirar las pequeñas costras del sueño. En la cocina hay un silencio extraño, una especie de competencia entre el vacío de la habitación y la conciencia de estar despierto. Suceden eventos diminutos. El cuerpo ejecuta operaciones sin consultar al pensamiento. La alarma ha sonado otra vez y el deambular conserva esa torpeza de los animales recién sacados de una caja.

Afuera, detrás de una pared y una tapia, los automóviles circulan. Siempre hay un bus que se lleva a alguien. O alguien que se lleva sus manías embarradas en un asiento del cotidiano camión. El pueblo comienza a transportar sus pequeñas averías de un sitio a otro.

Hoy es viernes. La luna de Samhain está presente. Es viernes de octubre y en la pared hay una grieta. Dentro de ella observo unos ojos que me miran. No parpadean. La realidad no solo parece haber dejado de existir, sino que además se ha vuelto surrealista. Sí, no veo la contradicción. Tal vez esa sea una de las pocas ventajas de estar despierto.

Los antidepresivos depuran las emociones, o al menos eso pienso mientras observo los rostros de tiza marchita que viajan en los buses. De seguro algunos llevan en el organismo una pequeña farmacia portátil: sustancias destinadas a contenerlos de sí mismos, a mantenerlos dentro de los límites aceptables de su propia personalidad. La civilización ha conseguido grandes avances en materia de conservación humana. Ya no hace falta conservar a los muertos. Los vivos colaboran con el procedimiento.

En un reel, un hombre asegura la existencia de momias vivas y momias muertas. Lo dice con la tranquilidad de quien acaba de descubrir una irregularidad en el inventario del universo. En la acera de enfrente, dos personas transportan un exhibidor modular con ruedas para engrandecer el reino de los libritos de la Atalaya. Una pequeña infraestructura religiosa se instala en una esquina. Hay algo admirable en esa persistencia comercial de la salvación. Necios. Atosigantes.

Los perros no dejan de ladrar. Corren encima de donde acabo de lavar la porquería que ha salido de esos cuerpos peludos. La vida también tiene sus procedimientos administrativos y alguien debe encargarse de recoger los residuos. Entendemos la insuficiencia del lenguaje para nombrar la realidad, aunque seguimos fabricando palabras para disimularlo. Distorsión social y cimática aplicada al cerebro. Matriz genética afectada. Transducción inconsciente. En ningún anuncio publicitario se enseña biosemiótica cuántica. Tampoco aparece en las etiquetas de los productos que prometen una vida mejor.

Sobre la mesa hay una caja de lápices de colores. Una capa fina de polvo cubre casi todos, excepto dos o tres. Los observo. Es curioso que los colores no sean una sola cosa. Que incluso dentro de una caja exista una distribución desigual del abandono. Como si todo no fuera constante y fluido. Vibracional. Como si cada objeto estuviera ocupado en una frecuencia distinta mientras nosotros insistimos en meterlo todo en el mismo cajón.

Yo veo y veo. Observar conduce a lugares fantásticos, aunque también obliga a abandonar una cantidad considerable de cosas. Las aves cantan cancioncillas interrumpidas por las llantas que no dejan de compactar el pavimento. Una bolsa de basura suelta una sustancia nutritiva y procesos orgánicos innumerables se benefician de aquel pequeño derrame. Hay insectos, bacterias, hongos y otras formas de aprovechamiento que no necesitan una campaña de concientización ni un seminario sobre sostenibilidad.

Todo sigue funcionando.

La basura alimenta algo. Las aves cantan. Los perros ladran. Los buses transportan personas que cargan sus manías, sus medicamentos y sus versiones particulares del fin del mundo.

Todo es tan simple, pero nos complicamos.

Mauricio Saravia es un escritor costarricense, originario de Cariari, Pococí, Limón. Desde hace varios años desarrolla un trabajo literario que parte de la poesía urbana, la observación y la experiencia vivencial, y que se ha extendido hacia otras formas de escritura. Su interés por las artes atraviesa distintos lenguajes y formas de expresión. Actualmente trabaja en dos libros inéditos: «Mundo detrás del mundo» y «Estudio de las emociones

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