Ikaro 50 La necedad de ser uno mismo
En la lengua de Íkaro
Hola, seres imperfectos llenos de amor y odio. De regreso estoy con quizás las últimas palabras, pero con lo mejor de la labia, puesto que ya nada me importa. Pues en un mundo gobernado por imbéciles y personas sumisas sin sueños, la labia hiriente y la prosa rebelde se requieren con urgencia.
Nuevamente este retrato en blanco y negro, de imágenes sucias, regresa a las manos de unos cuantos elegidos; quizás a mis herederos dramáticos, a unos niñetes de móvil como chupetín. Los poetas son tiktokers y los escritores, guionistas de Netflix. Para los pocos que se atreven a leer, este es un acto de irresponsabilidad.
No vengo con lindas palabras; esto es un escrito sucio y lleno de vulgaridad. ¿Acaso esperabas algo políticamente correcto para complacer a estos humanos de cristal? Esta nueva entrega resume el dolor y el pesimismo de un espermatozoide que se desliza por la garganta.
Luego de leer esto, tómate un trago, ten sexo con el amor de tu vida, come lo que te guste, préndanle fuego a los cajeros automáticos; que ardan esas máquinas llenas de mierda, que el tumulto recuerde grafitis llenos de poesía y veneno, que sucumba el sistema para que nazca algo nuevo.
Sí, mis queridos hijos, estamos hartos de las guerras de otros, de la economía de pocos y de los comentarios en redes sociales, de las voces genéricas de la inteligencia artificial, del arte que ya no dice nada. Por eso, ¡quítate la venda de los ojos!
El esposo de la doppelgänger
Mi esposa me abandonó con la alevosía del impacto de un camión. Todo lo que puedo decir es que el shock me provocó la agonía más fuerte que en la vida experimenté; pero esta historia no es del amor que se fue, tampoco diré ni despotricaré alegatos contra ella. Esta es la historia del amor que se quedó.
A los dos meses de que ella se marchara, venía entrando yo de la oficina a nuestra casa. Recuerdo que era un viernes; había agarrado la costumbre de llegar tarde y, en ocasiones, algo tomado. La casa había dejado de tener la atmósfera de hogar para ser una simple estructura. Al entrar, me llegó el olor a cena recién hecha, las luces estaban encendidas y ahí estaba ella, en la cocina. Mi asombro fue tremendo al mirarla de nuevo. Debo aclarar que su marcha estuvo marcada por una guerra de palabras en ambos bandos que buscaron herir al otro, por eso, al verla ahí, solo atiné a decirle:
—¿Qué pasa? ¿Qué haces acá?
Ella respondió: —Tonto, yo vivo acá, ¿no? ¿Dónde estabas? Pensé que salías a las seis del trabajo los viernes y son las ocho. Yo ya cené, pero acá te preparé una comida baja en carbohidratos para que no tengas problemas más tarde —me dijo de forma sexy y coqueta.
No podía creer lo que pasaba. Yo le pregunté: —Pensé que ya no ibas a volver, que no me amabas más… entre muchas cosas que me dijiste.
—Deja de lado esas estupideces, estoy acá y eso es lo que importa. Por cierto, ¿en dónde está mi ropa? No encontré qué ponerme.
—Vos te llevaste toda tu ropa, ¿no lo recordás? Solo dejaste una caja en el cuarto con unas cuantas cosas que no te cabían en el lugar donde te fuiste a vivir.
—No importa —dijo ella—, igual esta noche no voy a requerir de ropa —y enseguida me dio un pequeño mordisco en la oreja.
Apuré la cena y me fui a la cama con ella. Después de tanto tiempo sin tener sexo con mi esposa, fue como cuando éramos más jóvenes y lo hacíamos sin el reparo del reloj. Al día siguiente desperté buscándola; el olor a café recién hecho impregnaba la atmósfera del cuarto, que aún olía a sexo y sudor. Fui a la cocina, pero ella no estaba, ni la ropa que tenía puesta, ni nada. Pensé que lo había soñado, pero el desayuno estaba servido. ¿Qué diablos había pasado?
Pasé el sábado en un estado de vigilia paranoica. Revisé los armarios: vacíos. El rastro de su perfume seguía en las sábanas, pero no había ni un cepillo de dientes, ni un cabello en el desagüe. Era como si la casa misma la hubiera proyectado desde las paredes. El domingo ocurrió lo mismo. Apareció al anochecer, tarareando una melodía que yo no conocía, vistiendo una de mis camisas grandes. No hubo explicaciones. Cuando intenté preguntarle dónde dormía durante el día o por qué su Instagram seguía mostrando fotos de ella en otra ciudad, simplemente me puso un dedo en los labios y me susurró:
—Esa no soy yo, tonto. Yo estoy aquí.
Fue entonces cuando comprendí la naturaleza de mi bendición. La mujer que me abandonó seguía allá afuera, odiándome, rehaciendo su vida con la eficiencia de un cirujano. Pero mi casa, alimentada por mi agonía y el eco de diez años de convivencia, había parido una versión mejorada. Mi propia doppelgänger doméstica. Acepté el trato. Dejé de beber, empecé a llegar a las seis en punto y dejé de buscar lógica en los cajones vacíos. Era el esposo de un fantasma tangible, de una memoria con pulso.
Sin embargo, la perfección tiene un precio de mantenimiento. Con el pasar de las semanas, noté que ella empezaba a palidecer si yo no estaba presente para mirarla. Si mi atención flaqueaba, su voz se volvía un susurro estático. Ella no existía por sí misma; existía porque yo la necesitaba con la fuerza de un náufrago. Una noche, mientras cenábamos en ese silencio perfecto que solo tienen los que ya se dijeron todo, sonó el teléfono. Era mi exesposa real. Su voz, cargada de ese veneno familiar, me exigía que pasara a recoger unas cosas a su nueva casa, que por error se habían empacado entre sus cosas.
—¿Quién es? —preguntó la mujer sentada frente a mí, cuya piel brillaba bajo la luz de la cocina con una intensidad casi irreal.
Miré el celular y luego la miré a ella. La doppelgänger sonreía, pero en sus ojos no había fondo, solo el reflejo de mi propio deseo. Entendí que si aceptaba esa llamada, ella se desvanecería como el humo del café. Apagué el teléfono.
—Nadie, amor —respondí—. Seguro un número equivocado.
Ella se levantó, me dio un beso y empezó a recoger los platos. Afuera, el mundo seguía su curso, pero dentro de esas cuatro paredes, yo me acostumbré a esta versión de ella.
La necedad de ser uno mismo.
Acto I: El Autómata y la Grieta.
Nos dijeron que vivir era esto: una sucesión de alarmas, café frío y trayectos hacia lugares donde no queremos estar. Heidegger lo llamó ‘Das Man’ (El Se-dice): esa existencia inauténtica donde no soy yo quien decide, sino que ‘se vive’ como los otros viven, ‘se piensa’ lo que otros piensan. La rutina no es solo una agenda; es un anestésico que drena la angustia, pero también la vida. Nos convertimos en el Sísifo de Camus, subiendo la piedra de la cotidianidad, pero con una diferencia trágica: a veces olvidamos que la piedra es nuestra.
Acto II: El Veneno de la Coerción
Este encierro no tiene barrotes, tiene notificaciones. Byung-Chul Han nos advierte que ya no somos sujetos de explotación, sino ‘sujetos de rendimiento’ que se explotan a sí mismos creyendo que se realizan. El veneno es la positividad tóxica: la obligación de estar bien, de ser productivos, de sonreír mientras nos vaciamos por dentro. La depresión no es solo una falla química, es la rebelión del cuerpo que ya no quiere ser una máquina. Como decía Adorno, ‘la vida falsa no puede vivirse falsamente’; el sistema nos quiere funcionales, no reales.
Acto III: La Sagrada Necedad
Aquí es donde surge la necedad. Ser uno mismo en este mundo es un error de sistema, una anomalía. Kierkegaard decía que el individuo es la categoría más alta: aquel que se atreve a elegir ante el abismo. Nuestra necedad es el ‘Elogio de la locura’ de Erasmo: la insistencia de sentir dolor donde otros fingen paz, de buscar belleza donde solo hay asfalto. No es optimismo, es resistencia. Porque si el mundo es un incendio, nuestra necedad es el estilo con el que decidimos no apagarnos. Al final, rompernos es el primer paso para respirar de verdad.
Acto IV: La Trinchera de la Memoria
Nuestra memoria se ha vuelto un archivo en la nube, un algoritmo que nos recuerda qué debemos extrañar. Gilles Deleuze hablaba de la ‘sociedad de control’, donde ya no estamos encerrados en fábricas, sino controlados por la fluidez de la información. La necedad, entonces, es el acto de sabotaje digital. Es buscar el País de las Maravillas fuera de la galería del celular . Es ser como el gato de Sísifo: estar y no estar , habitar el descanso más alto de la escalera y negarse a bajar . Nuestra trinchera no es de tierra, es de silencio; un silencio a todo volumen que el sistema no puede procesar.
Acto V: El Arte de Romperse
Dicen que los poetas ahora son influencers que putean en redes, pero el neceo sabe que el arte es otra cosa. Es una autopsia en vida. Escribimos y creamos porque, si no lo hacemos, nos pudrimos por dentro callados. Como sugería Nietzsche, hay que tener un caos dentro de sí para dar a luz a una estrella danzarina. Romperse no es el final; es el primer paso para respirar de verdad. No somos contenedores de la mierda que nos lanzan ; somos el incendio que consume las geometrías de lo establecido. La necedad es nuestra única herencia intacta.
No esperes una banana de forma obediente. Al final, este alegato es simple: la guerra contra la rutina ya la perdimos hace mucho, pero nos queda la elegancia del sobreviviente. Porque a este mundo no se viene a estar bien. Se viene a aguantar con estilo
- Martin Heidegger y la caída en la cotidianidad (lo impersonal).
- Albert Camus y el Mito de Sísifo.
- Byung-Chul Han (La sociedad del cansancio).
- Theodor Adorno y la crítica a la vida administrada.
- Søren Kierkegaard y el salto a la individualidad.
- Erasmo de Rotterdam y la locura como motor de lo humano.
El gato de Sísifo
En el triángulo que rige a Sísifo
Hay
Una y otra vez
Vértices donde la piedra permanece
Pendiente de rodar en ambas direcciones
El milagro ocurre en ese cuadro
Respiro donde se consumen las geometrías
Se resuelven las apuestas
Y las cartas se barajan
Entonces
Soy ese gato cuántico
Que va y no va
Que subiendo las escaleras
Llega al descanso más alto
Y ve cerradas ambas puertas
De los cuartos donde está sin estar
Soy el gato
Que es
Que baraja las escaleras
Que es otro el que baja
Que desde el principio lo espera
- Juano Meretriz