Poemas: Luciano Solís Campos
Revista Íkaro reabre sus páginas a la poesía con una entrega de poemas de Luciano Solís Campos. Entre la voz, el canto y la gestión cultural, el autor costarricense incursiona en la lírica para explorar las grietas del alma, la sensibilidad humana y las múltiples formas de sentir y habitar el mundo.
POESÍALETRAS
Luciano Solís Campos
9/18/20263 min read


Luciano Solís Campos es un cantante, profesor de canto, gestor cultural y activista costarricense. Su trayectoria artística se desarrolla principalmente alrededor de la música y la voz como herramientas de expresión, comunicación y transformación. Como docente, acompaña a otras personas en el descubrimiento y desarrollo de su propia voz, mientras que, desde la gestión cultural, impulsa iniciativas vinculadas con el arte, la cultura y el bienestar social. Su sensibilidad artística lo motiva a incursionar en el ámbito de la expresión poética, donde explora emociones, experiencias humanas y distintas formas de comprender y sentir el mundo.


Ante los ojos correctos
Si alguna vez alcancé a tocar un alma,
aunque haya sido por un instante,
con una palabra,
con una canción,
con la verdad temblando entre mis labios,
y mi frágil humanidad en mis manos,
entonces mi vida habrá tenido sentido.
¿Para qué late un corazón
si es incapaz de amar la vida?
Tal vez nació para eso:
para insistir,
para romperse,
por alguien,
por algo,
por esa necesidad tan humana
de sentir que pertenecemos.
Yo quise conectar.
Y ese deseo
fue mi perdición.
Abrí puertas que quizás
debieron permanecer cerradas.
Me quedé donde era más fácil partir.
Entregué pedazos de mí
sin saber si alguna vez volverían.
Busqué en otros ojos
algo que ni siquiera distinguía.
Y sí, me dolió.
Pero no me arrepiento.
Porque siempre pude elegir
el silencio,
la distancia,
la comodidad de no esperar nada.
Pude convertir mi corazón
en una habitación sin ventanas
y refugiarme allí,
donde nadie pudiera entrar
y nada pudiera doler,
pero tampoco florecer.
Así que insistí.
Preferí sentir demasiado
antes que entregarme a la cómoda incomodidad
de no sentir nada.
Ahora intento refugiarme en mis palabras,
no para glorificar mi discurso,
sino para encontrar en ellas
esa vieja forma de decir
lo que a veces no sabemos pronunciar:
el olvidado arte de juntar palabras,
hasta que alguna consiga
atravesar el pecho de alguien.
Porque la palabra cambia
cuando obviamos su relevancia.
Parte de crear es plasmar parte de nosotros,
con la esperanza de enviar un mensaje,
sin saber cuándo ni dónde será escuchado.
Una palabra que permanezca.
Una melodía que resuene.
La sensación de haber sido comprendido,
aunque solo haya durado un momento.
Al final,
todo termina.
También nosotros.
Y cuando todo lo vivido
se concluya con un punto final,
solo quiero que cumpla su objetivo
ante la mirada correcta.
Ante alguien capaz de mirar
más allá de mis palabras;
aunque escuetas,
quizás inexpertas,
pero nacidas de alguien
a quien le importaba compartirlas.
Entonces estaré satisfecho.
Porque habré amado.
Habré perdido.
Habré insistido.
Y alguna vez,
aunque solo haya sido por un instante,
habré alcanzado a alguien.
Porque la vida no se mide
por cuánto duramos,
sino por aquellos
con quienes logramos compartirla.
Verdad y muerte
Hoy me aterra un pensamiento:
que solo tu muerte
podría justificar todo lo que siento.
Que sería la única verdad
capaz de explicar
por qué tu ausencia
se aferra a mi pecho,
por qué mi lamento
se niega a extinguirse.
Porque únicamente el final absoluto
haría irrefutable
que aún habitas en cada uno de mis silencios.
Después del ruido
Después de tanto ruido,
llegó el silencio.
Y no hubo manos
para sostener mi caída,
ni respuestas,
ni puertas abiertas,
ni un nombre
al que pudiera acudir.
Solo yo.
Y fue ahí,
en medio de aquella ausencia,
cuando entendí algo
que quizá siempre había sabido:
a veces,
cuando todos se van,
uno por fin se encuentra.
A veces,
cuando nadie viene a salvarte,
descubres que todavía queda fuerza
en lugares de ti
que nunca habías tenido que conocer.
Me caí.
Me rompí.
Me perdí.
Y durante un tiempo
pensé que aquello era el final.
Pero volví.
Volví desde las ruinas,
desde el silencio,
desde ese lugar oscuro
donde ya no quedaba nadie
excepto yo.
Y esta vez
no volví siendo el mismo.
Volví con las heridas a cuestas,
con noches que nadie vio,
con cicatrices que no necesito esconder.
Volví sabiendo
de qué estoy hecho.
De todo lo que intentó derrumbarme.
De todo lo que sobreviví.
De esa fuerza que apareció
justo cuando ya no quedaba nadie
para prestarme la suya.
Me fui hasta el fondo
y regresé.
Y no descubrí
que fuera invencible.
Descubrí algo mucho más sencillo:
que incluso cuando me quedo sin nadie,
todavía me tengo.
Y a veces,
eso basta.
Porque ahora lo sé:
puedo caer,
puedo romperme,
puedo perderme otra vez.
Pero también puedo volver.
Siempre puedo volver a mí.
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