Ezio Gavazzeni: Las cacerías humanas en Bosnia
Nermin Kahriman es una de las decenas de personas entrevistadas por el escritor y periodista Ezio Gavazzeni, cuyas indagaciones sobre la posible presencia en la Guerra de Bosnia de cazadores italianos —doscientos treinta, según una fuente— y de otros países occidentales —incluido "un español de Cataluña"— que disparaban a civiles por placer acaparó los focos a finales del año pasado. Ahora se publica en España su libro Safaris humanos. La investigación sobre el negocio de la muerte en Sarajevo.
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Redacción Revista Íkaro
9/22/20265 min read


La historia de las guerras está repleta de atrocidades, pero pocas revelan con tanta crudeza la depravación de la burguesía adinerada como los «safaris humanos» durante el asedio a Sarajevo. A la sombra de la sangrienta disolución de Yugoslavia en los años 90, la violencia no solo provino de los militares y paramilitares en el frente; se convirtió también en una atracción turística clandestina para psicópatas millonarios.
Una exhaustiva investigación del ensayista y periodista italiano Ezio Gavazzeni, plasmada en su libro Safaris humanos (publicado bajo el título original I cecchini del weekend y editado en español por Ediciones Península), ha sacado a la luz los detalles de este macabro negocio: el pago de sumas desorbitadas por el «privilegio» de disparar a civiles inocentes atrincherados en la capital bosnia.


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Ezio Gavazzeni no es un recién llegado al periodismo de investigación. Con una trayectoria volcada en desentrañar los pasajes más oscuros de la historia contemporánea —como los atentados de la Cosa Nostra contra los jueces Falcone y Borsellino o los entresijos del magnicidio contra Juan Pablo II—, el autor tropezó con los primeros indicios de esta historia tras seguir la pista de antiguas redes de tráfico de armas e intermediarios italianos que operaban en los Balcanes.
Lo que inicialmente parecía un rumor o una leyenda urbana de posguerra cobró fuerza cuando Gavazzeni comenzó a cruzar testimonios de inteligencia de las fuerzas de paz, archivos judiciales y declaraciones de supervivientes bosnios. A partir de ahí, inició un minucioso trabajo de campo rastreando la ruta logística que partía desde la ciudad fronteriza de Trieste. Descubrió que agencias clandestinas y contactos militares serbobosnios organizaban traslados de fin de semana para empresarios, aristócratas y ejecutivos adinerados —provenientes principalmente de Italia, Gran Bretaña, Rusia y Estados Unidos— que pagaban cifras astronómicas por vivir la "experiencia" de cazar seres humanos con armas de alta precisión.
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Para comprender la magnitud de la tragedia, es necesario mirar hacia la desintegración de la República Federal Socialista de Yugoslavia a principios de los años noventa. Con la caída del bloque comunista y la muerte del mariscal Josip Broz Tito, las tensiones étnicas y nacionalistas que habían sido contenidas durante décadas estallaron con violencia fratricida.
En 1992, la República de Bosnia y Herzegovina convocó a un referéndum e independizó su territorio. La población bosnia estaba compuesta principalmente por tres grupos: bosnios musulmanes (bosníacos), serbobosnios (ortodoxos) y croatas (católicos). Mientras los bosníacos y croatas votaron a favor de la independencia, la minoría serbobosnia —con el respaldo militar y logístico del gobierno de Slobodan Milošević en Belgrado— rechazó la separación y declaró su propia entidad: la República Srpska.
El objetivo del ultranacionalismo serbio era la creación de la "Gran Serbia". Para lograrlo, emprendieron una campaña sistemática de "limpieza étnica" en los territorios que reclamaban, buscando expulsar o exterminar a las poblaciones no serbias. Esta ambición derivó en el asedio de Sarajevo (1992-1996), el cerco militar más prolongado en la historia de la guerra moderna (1.425 días), donde la ciudad quedó totalmente sitiada, privada de agua, electricidad y alimentos, mientras las colinas circundantes eran tomadas por artillería y francotiradores.
Durante casi cuatro años, la comunidad internacional observó el genocidio y la destrucción de Bosnia en un estado de parálisis diplomática y complicidad pasiva. Las Naciones Unidas desplegaron la Fuerza de Protección (UNPROFOR), pero con un mandato trágicamente limitado a la ayuda humanitaria que les impedía intervenir militarmente para detener las matanzas de civiles. A esto se sumó un embargo internacional de armas que perjudicó de forma desproporcionada al gobierno bosnio —al carecer de un ejército formal—, mientras que las fuerzas serbobosnias heredaron el inmenso arsenal militar del antiguo ejército yugoslavo.
Al mismo tiempo, las potencias europeas y Estados Unidos temían que una intervención directa los arrastrara a un atolladero geopolítico. Las cumbres diplomáticas se sucedían entre vacilaciones y retórica vacía mientras en el terreno se perpetraban masacres diarias. Esta pasividad alcanzó su punto más oscuro en julio de 1995 en Srebrenica, una zona declarada "protegida" por la ONU, donde las fuerzas serbobosnias al mando de Ratko Mladić ejecutaron a más de 8.000 hombres y niños musulmanes bajo la mirada impotente de los cascos azules holandeses.
Fue solo tras la barbarie de Srebrenica y el brutal bombardeo al mercado de Markale en Sarajevo que la OTAN finalmente intervino con ataques aéreos, forzando la firma de los Acuerdos de Dayton en 1995. Sin embargo, para cuando las potencias decidieron actuar, más de 100.000 personas habían muerto y el país yacía en ruinas.
Disparar a «ciervos»: La tarifa por la inocencia
Fue precisamente al amparo de esta impunidad internacional y la anarquía del asedio donde floreció el turismo de la muerte. El entramado operaba como un macabro paquete turístico militarizado. Ricos e influyentes "turistas de la muerte" procedentes de diversos países europeos viajaban clandestinamente a las colinas que rodeaban Sarajevo —controladas por las fuerzas serbobosnias— con un único propósito: apostarse con rifles de precisión y jugar al tiro al blanco contra la población asediada.
En la jerga clandestina de los mercenarios que guiaban a estos francotiradores furtivos, las víctimas eran llamadas "ciervos" y los clientes "arqueros". Los testimonios y las indagaciones judiciales señalan una escala tarifaria aterradora: las tarifas se incrementaban según el objetivo seleccionado. Disparar a un adulto tenía un costo, pero abatir a un niño o a una mujer embarazada requería pagar las cifras más elevadas (llegando a sumas de miles de euros). Para estos perfiles, la eliminación de la infancia representaba la máxima afirmación del poder de destrucción sobre el futuro de una comunidad.
Esta práctica —que durante tres décadas fluctuó entre el rumor de guerra y la leyenda urbana— ha comenzado a romper el muro de la impunidad gracias a los testimonios recopilados por Gavazzeni y a la labor de sobrevivientes como Nermin Kahriman, un guía turístico que nació en el exilio mientras su ciudad era destruida.
La Fiscalía de Milán mantiene abiertas investigaciones sobre estos viajes de la muerte, revelando una red logística que involucraba a agencias de viajes, vuelos desde la ciudad de Trieste y la complicidad de intermediarios que trasladaban a los compradores hasta las posiciones de tiro. Las pistas apuntan no solo a magnates italianos, sino también a posibles conexiones con ciudadanos adinerados de otras latitudes europeas.
El libro de Gavazzeni expone que el asedio a Sarajevo no fue únicamente una tragedia de odio étnico o territorial, sino también la demostración de cómo el capital y la perversión pueden convertir el genocidio y el sufrimiento ajeno en una forma de entretenimiento privado para las élites.
Fuente original:
Artículo elaborado a partir del libro "Safaris humanos" (Ediciones Península) de Ezio Gavazzeni y del reporte periodístico de Manuel Vega publicado en El Cultural / El Español.
Civiles y militares bosnios mezclados en medio del fuego de los francotiradores, una de las imágenes más icónicas de la guerra en Bosnia / Sofía Emilia Sánchez
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