El León de Oro de Venecia entre la urgencia política y la cautela estética
La clausura del Festival Internacional de Cine de Venecia volvió a poner sobre la mesa el eterno dilema del circuito de festivales: la tensión entre la oportunidad política de un palmarés y el riesgo puramente cinematográfico. La concesión del León de Oro a Woman Unknown, el largometraje de la cineasta danesa May el-Toukhy, ha generado un intenso debate en la crítica especializada que oscila entre el aplauso a su valioso trasfondo histórico y el desencanto ante la prudencia del jurado.
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Redacción Revista Íkaro
9/13/20262 min read


Venecia. El jurado del Festival Internacional de Cine de Venecia volvió a caer en la tentación del premio impecable pero inofensivo. Al entregar el León de Oro a Woman Unknown, de la cineasta danesa May el-Toukhy, la Mostra prefirió refugiarse en el prestigio del drama histórico bien confeccionado antes que arriesgar por las propuestas que realmente sacudieron las salas del Lido.
La película nos sitúa en la Dinamarca posterior a 1945 para seguir los pasos de Marie (Mathilde Arcel), una joven sirvienta a punto de emparentar con la aristocracia local, cuyo pasado como amante de un soldado alemán amenaza con convertirla en el chivo expiatorio de una sociedad sedienta de venganza. El-Toukhy rueda con elegancia y solvencia formal la cacería de brujas contra las mujeres acusadas de "colaboracionismo horizontal", ofreciendo un relato de impecable factura técnica y alto valor moral.
Sin embargo, el problema de Woman Unknown no es lo que muestra, sino cómo lo muestra. En un festival marcado por la urgencia y el colapso del mapa geopolítico actual, la cinta danesa avanza por raíles demasiado previsibles. Su triunfo sabe a decisión de compromiso: la cuota justa de denuncia histórica, una factura académica sin fisuras y el gesto institucional de premiar a la única directora presente en una sección oficial desproporcionadamente masculina.
La audacia que quedó al margen
El desencanto en los pasillos del Lido no tardó en hacerse sentir. Mientras el palmarés coronaba la sobriedad clasicista de el-Toukhy, la crítica echaba en falta una apuesta decidida por los títulos que asumieron verdaderos peligros estéticos y éticos.
Propuestas documentales de investigación política que tomaban el pulso a las heridas abiertas de la actualidad —como los trabajos de Yuval Abraham y Rachel Szor— o los ejercicios de radicalidad narrativa firmados por autores de la talla de Lee Chang-dong e Ilya Khrzhanovskiy, quedaron relegados a puestos secundarios en el cuadro de honor.
Venecia 2026 cierra su telón dejando una lección conocida: cuando la alta competición de los festivales prioriza la corrección del mensaje sobre el atrevimiento del lenguaje, el resultado suele ser un León de Oro respetable para los archivos, pero incapaz de encender la memoria del espectador.
La cineasta May el-Toukhy y la actriz Mathilde Arcel en el Festival de Venecia. EFE/EPA/ETTORE FERRARI

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