Contracultura Artificial

Estoy frente a la computadora. Mi mente está en blanco y navego de forma perdida en la red; no sé qué busco, quizás algo que me inspire a crear. Cuando me percato, ya he perdido una o dos horas. Me niego a usarla, pero creo que necesito ayuda rápida para llenar estos huecos creativos, así que voy a ella: la «Inteligencia Artificial».

NOTICIASCONTRACULTURA

Adrián Montenegro

9/11/20264 min read

Contracultura Artificial

Estoy frente a la computadora. Mi mente está en blanco y navego de forma perdida en la red; no sé qué busco, quizás algo que me inspire a crear. Cuando me percato, ya he perdido una o dos horas. Me niego a usarla, pero creo que necesito ayuda rápida para llenar estos huecos creativos, así que voy a ella: la «Inteligencia Artificial».

Busco algo rápido que me ayude. Escribo oraciones con instrucciones, prompts le llaman para acortar la palabra —ahora todo se acorta: desayunar a las 12 es brunch, censurar es funear—. ¡Qué putas con la gente!

Al igual que las redes sociales, la IA nos está volviendo demasiado tontos para pensar. Antes los influencers pensaban por nosotros; ahora lo hace ese código binario tan bonito que te retoca las fotos, te hace la tarea y, pronto, con los avances en robótica, también te hará cositas ricas.

Usarla es una tentación: ya no hay que pensar en nada. Tengo la idea y le digo: «hácemelo vos, para eso pago la cuota mensual». ¿Investigar para qué? ¿Hacer un esfuerzo para qué? Pero, ¿realmente es la IA el demonio del tonto? Pues no. Hace tiempo, cuando el mundo se convirtió en un show, el librepensador o el creador pasaron a ser un estorbo social; lo políticamente correcto se volvió la norma.

Cuando permitieron que en las escuelas y colegios se usarán resúmenes en lugar de sentarse a quebrarse la cabeza leyendo, ahí comenzó el fin. Institucionalizar la falta de interés por usar la masa gris se convirtió en la regla; la IA es tan solo el resultado de ese control social.

La IA el último clavo para el ataúd de la rebeldía

Los agentes cibernéticos te van conociendo poco a poco. Cuando intentas luchar contra ellos confundiéndolos con tus gustos, ellos, a nombre de sus patrocinadores, buscan darte lo que quieren que mirés. ¿O acaso no has pensado que es casi diabólico cómo el teléfono o la red social adivinan tus deseos? Pensaste en pizza y ahí vas, como corderito, a comprar pizza.

Todo este esquema artificial se va convirtiendo en un dios pagano y omnipresente donde ya ni la rebeldía pasa la prueba. Ahora la «rebeldía» se reduce a despotricar en redes sociales contra lo injusto y armar una pequeña protesta de un día esperando que haya alguna corrección. La violencia se volvió la norma cotidiana en las noticias; solo importa el hedonismo de tus vicios, mientras que el compromiso con los seres reales de tu vida se percibe como un estorbo. Ahora soy «libre» y busco mi «autodeterminación».

Poco a poco dejas de saber qué es real y qué fue hecho de forma artificial. Buscas música y te salen canciones que suenan perfectas a tus oídos, cantadas por un modelo robótico que copió toda la historia de la música solo para que un idiota gastara agua y electricidad soñando que es músico —algo así como ser modelo de OnlyFans—.

La contracultura fue absorbida por el mercado y este la fue desapareciendo. Nadie adoptó el saber, solo el espectáculo. Y cuando algún meme dice algo medianamente culto, vos lo asumís y te sentís Platón (este señor era un filósofo, lo aclaro porque ahora hay que poner etiquetas completas para los niños de esta generación, no sea que piensen que es un plato muy grande).

Es un hecho que si este texto lo pusiera en YouTube con unos shorts de 30 segundos sería de más provecho. Serán tan pocos los que lean esto sin perder la atención por una notificación de TikTok —que seguramente una IA te enviará para que no fijes la atención en una sola cosa por más de un tiempo anormal—.

El hartazgo planificado

A finales de 2023 se hizo viral en redes sociales una imagen extraída de la película La milla verde (1999), considerada una de las grandes obras de la historia del cine. En esa imagen, uno de los personajes, John Coffey —un preso condenado injustamente a muerte por violación y asesinato debido a prejuicios racistas—, le dice a Paul Edgecomb, jefe de los guardias del corredor de la muerte: «Estoy cansado, jefe».

El fragmento completo en su doblaje al español decía:

«Estoy cansado, jefe, cansado de recorrer el mundo solo, como un gorrión en la lluvia. Cansado de no tener un amigo con quien estar, que me diga a dónde vamos, de dónde venimos y por qué. Cansado de las personas que son feas con las otras. Estoy cansado del dolor que siento y oigo por el mundo cada día. Hay demasiado dolor, son como trozos de cristal en mi cabeza que no puedo quitarme. ¿Puede entenderlo?».

Pese a lo dramático de la situación de Coffey y la enorme carga emocional de la escena, la imagen saltó a las redes sociales en clave de humor. Un humor oscuro que no conseguía enmascarar lo que se está convirtiendo en el grito de una generación. «Estoy cansado» es una frase que no paramos de escuchar y repetir. Estamos cansados.

Es precisamente de este cansancio cotidiano y persistente del que habla Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio, la obra más conocida del filósofo surcoreano afincado en Alemania. Y no es casualidad. Del mismo modo que el meme de «Estoy cansado, jefe» resonó en una juventud que debería ser pura vitalidad pero que solo encuentra agotamiento e hiperestimulación, La sociedad del cansancio es un libro que ha resonado en toda una generación de lectores. Han visto en esta obra, breve y accesible —aunque con varios niveles de lectura filosófica—, el diagnóstico exacto de lo que nos ocurre.

Porque la IA encuentra un nicho perfecto, por ese desintonía con la realidad de muchas personas, donde el apego a la pantalla se convirtió en el hervidero perfecto para dominar el pensamiento crítico y domesticar ese cansancio mental.

Resumiendo la IA no debería ser tan libre, pues el humano no está preparado para ella aún y menos nuestro ecosistema actual.



© 1996 -2026 Revista Íkaro. All rights reserved.

Contacto:

info@revistaikaro.art

+506 8530 3535

Vázquez de Coronado, San José, Costa Rica